HISTORIA

HABLA EL LAURAK-BAT....

Hijo de emigrantes vascos, vi la luz en el café Milán de Buenos Aires, calle Cangallo 410 – Parroquia de San Nicolás – un lluvioso 13 de marzo del año del Señor de 1877.  La ciudad tenia entonces algo más de población que la actual Río Cuarto pero, a diferencia de esta, aquella era un ir y venir de gente de todas las nacionalidades que hacia su primer pie en la Argentina.

Por esos tiempos, la mitad de los pobladores de este suburbio del mundo eran emigrantes.  Llegaban de a cientos, mis padres entre ellos, intentando alejarse de una Europa donde lo único seguro eran la guerra y la hambruna.  El Plata los recibía según su ocasional hipocondría: si el río estaba alto, hacian pie a tierra en el Muelle de Pasajeros del Bajo de la Merced, donde la calle Piedad (Bartolomé Mitre) se transformaba en una ciénaga hasta ahogarse sin remedio; si el rio estaba bajo, pasaban del barco a la carreta de grandes ruedas, después…el barro y ¡América!.  Siempre la misma imagen: atentos a lo que ocurria, con la mirada asombrada y poco más que un atado de ropa donde lo único abundante era la esperanza. ¿ Saben ?, no hay nada más grande que la esperanza de los humildes, y eso, la esperanza, fue lo único que mis padres trajeron a esta tierra.  Si les cuentan otra cosa… no la crean.

Dije bien: “hijo de emigrantes…”, ¿ les llama la atención ?.  Es que en mis largos años tengo visto que la condición que prevalece es la del que se va, no la del que llega. Se es más emigrante que inmigrante, más de lo que se abandona que de lo que se encuentra; el hombre, amigos mios, es el gran esclavo de su propia historia… Los de las guerras Carlistas, los de la del África, los de la Civil, los de la dictadura, todos iguales, siempre “venian  de…“,  nunca “llegaban a…”

Buscando en su propio rastro, mis padres me imaginaron aun antes de engendrarme. Ansiosos, inquietos, tantearon tarde a tarde los espasmos de la fascinante lluvia de verano, hasta que el dia trece plantaron cara a la cábala y dejaron salir de sus espíritus, de una vez y para siempre, la advertencia de patriarca del lauburu: “Laurak Bat”.  Por eso, si dicen que naci vasco, vasco-navarro o vasco-español poco importa. Como el hombre sabio, supieron tropezar con la esencia de las cosas.  Querian ayudarse para permanecer dignos, atrapar en mi al caserio, la familia, el frontón, la reunión, lo que ya no era, para recrearlos, enriquecerlos y compartirlos con todos los que tuvieran la misma carencia. Leyeron la Biblia, ¿ si ?.  Las palabras en el bautismo retumbaron como una sentencia del Libro, la síntesis perfecta de un destino para mi: “…conservar el amor al pais vasco y a sus fueros”.

Bueno, continuo.  Es que a veces la memoria me hace jugarretas y me da por filosofar.  Mis padres, austeros y cuidadosos del dinero, alquilaron nuestra primer casa casi a la orilla del rio: calle Potosí (Alsina) al 292, esquina con Balcarce, en la Parroquia de Montserrat.  En aquellos años, las propiedades en la zona eran baratas: la epidemia de fiebre amarilla (inesperada venganza del Paraguay por la Guerra de la Triple Alianza) había producido, al comenzar la década, la estampida de las familias patricias hacia el Retiro y la mayoría de las construcciones coloniales del sur, aunque no la nuestra, se habían transformado en conventillos desde donde intentaban comenzar a construir su futuro aquellos “…hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino…”.

En realidad, vivimos ahí poco tiempo. Cuando llovía, Potosí se convertía en un torrente de agua encaprichada con El Bajo que nos mojaba algo más que los tobillos.  En 1882, -tenia yo cinco años- en una reunión familiar, los mayores decidieron que nos fuéramos al campo. Si, asi como lo escucha, al campo.  Ahí comenzó otra historia…

Debido a su fortaleza y a una capacidad para soportar el aislamiento y la soledad que casi no tenían límites, muchos de los paisanos de mis padres se convirtieron en “lecheros”.  Salian a la una o dos de la mañana del tambo de los Olivera (Parque Avellaneda), del de Bernardo Duhalde (el vasco de Atachi) en lo que hoy es Lanús, del tambo de Santiago Altube en lo que hoy llaman Villa Devoto, de Florencio Varela, de Ramos Mejia, de Brandsen.  Ansiosos de distancia, sus huesos domaban leguas y leguas antes de llegar a Buenos Aires al amanecer.  Venian a caballo, ensimismados, con los tarros encajados en unos soportes de cuero a ambos lados del recado y solo sus condiciones físicas y temple les  permitian la aguda humorada de  afirmar que aquel  duro trabajo,  a fin de cuentas,  no lo era tanto. Todos los días del año, todos los años de Dios, de noche y expuestos a las inclemencias climáticas; hasta los Jueves y Viernes Santos,  en  que  no  se  permitía  en la ciudad  la circulación de  animales ni carros, estos vascos cumplían con sus clientes cargándose al hombro hasta cuatro recipientes de cobre de veinte litros para entregar la esperada “esneona”. A media mañana, luego de hacer su reparto casa por casa, solían reunirse en algún lugar para reponer fuerzas. El punto de encuentro eran las fondas en las orillas porteñas, en lo que hoy son el Once y Constitución. Pues allí cerca, en la recién creada Parroquia de San Cristóbal, donde casi nada ni nadie había, en un pedazo de pampa y cielo que iba más allá de Independencia, Rioja, Estados Unidos y Caridad (Gral.Urquiza), mis padres crearon nuestra segunda casa, la querida Plaza Euskara. Alli pasé, libre como un pájaro, jugando entre caballos, tarros de leche, hombres de sudor robusto y pelotaris de fama intangible, casi toda mi niñez y adolescencia. Alli crecí, fui todo lo feliz que un joven puede ser y me convertí en hombre.

En una superficie de casi dos manzanas construyeron la más incomparable cancha de pelota que jamás tuvo Buenos Aires y la primera, por su importancia, en toda Sudamérica, con una capacidad de tribunas y palcos para más de cuatro mil espectadores. ¿Han conocido alguna así?  Fue un hecho fundacional.  Nuestra casa era el corazón del barrio, que digo del barrio, era un hito en una ciudad que se soñaba grande.  Las gentes de adentro llegaban en carruajes, los de afuera a caballo o en charré y la Plaza se llenaba de vida.  Partidos de pelota, romerias vascas,  torneos gimnásticos, anécdotas, comidas, cantos, asados, nada faltaba… hasta uno o dos Presidentes de la nación alguna vez nos visitaron.

No, amigos, no se confundan, no alardeaban de nada. La alegria no es pavoneo, es simplemente eso: alegria.  Estos vascos, que al trepar al barco pocos años antes se habian quedado sin historia, lograron, casi siempre desde muy abajo, comenzar una nueva aquí, en este pais joven donde el buen pasar era premio seguro a una laboriosidad y honradez que a ellos les sobraba.  Amigo, amiga, los tiempos cambian…irremediablemente.

También para nosotros cambiaron. Estuvimos en la Plaza Euskara casi veinte años. El mal viento de las apuestas, la crisis de los ’90 y lo que se empezaba a llamar “progreso” nos harian tomar otros rumbos. La casa se nos habia convertido en una desconcertante Babel y ya no nos sentíamos cómodos en ella; éramos casi impropios en nuestro propio hogar.  Asi que en el ’97 comenzamos a usar un cobijo alternativo en Rivadavia 875 y luego otro en Belgrano 924.  Al despuntar el fenomenal siglo veinte la urbanización crecía hacia la zona donde estaba la Plaza y los terrenos que ocupáramos se valorizaron considerablemente, asi que decidimos (yo ya era mayor y tenia voz y voto) levantar las únicas dos cosas que nos ataban a aquel lugar y vender nuestra casa grande. Con el retoño del Árbol de Gernika y la placa de su fundación como único inventario cambiamos campo por empedrado, simpleza por fastuosidad.  Entiéndanme bien: fastuosidad, no lujo. Los jóvenes de ayer convertidos a fuerza de trabajo y rectitud en señores de hoy, decidieron abandonar sus humildes prendas de antaño para vestir de acuerdo al reconocimiento que la sociedad les dispensaba y a la holgura económica que lograron alcanzar. Habian dejado de ser “dependientes” para pasar a ser comerciantes; mudaron de aprendices a industriales, de lecheros y pastores a hacendados, de estudiantes a doctores.

Nos instalamos en nuestro nuevo solar (con el tiempo el definitivo) en Noviembre de 1904. Belgrano 1144, Parroquia de Montserrat. Yo, que era medio salvaje, tuve a la fuerza que pulirme, asi es que a la edad de veintisiete años me acostumbré a las sobrecargadas caricias del Centro, al suspiro lineal de los pisos de roble, a las pretensiones pulsantes de las escaleras y al conocimiento apremiado en los andenes de la biblioteca,. No lo hice tan mal, gané una consideración y prestigio que me agradaban.  También en esta casa empecé a asumir que la vida comenzaría a cumplir su apasionada trama: mis hermanos tomarian otros caminos (Bahia Blanca, Rosario…), mis padres se irían y algún dia me llegarian los hijos.

Para no cansarlos, quiero saltar tres décadas en el tiempo.  No es fácil pero a mi edad treinta años no son tantos.  Para resumirlos les diré que nuestra casa fue en ese período motor de actividades culturales, benéficas (¡ que hable Euskal Echea !), patrióticas, evocativas, sociales y deportivas de todo tipo.  Definitivamente, los vascos habian pasado a formar parte del paisaje de una Buenos Aires donde los emigrantes se habian convertido en colectividades que por medio de estas acciones intentaban devolver al pais lo mucho, muchísimo que en una generación habian recibido.  También, para ir en línea con un mundo que nuestra ciudad siempre miró demasiado, esta fue la era de las ideologías mal entendidas, las que pretendiendo sumar siempre terminan restando, las que emborrascan a los hombres y finalizan dividiendo lo que por ley natural es en esencia indivisible…Y asi llegó “el ’36” e inesperadamente vinieron los hijos. Fueron, como los abuelos, hijos de la guerra…otra vez la infamia.  En el siglo anterior la realidad había sido la pobreza y la excusa para emigrar, la guerra.  En el ’36 no hubo excusa: la entelequia fue la guerra que, humillante como todas, desbarató con un miedo perplejo las entrañas de hombres, mujeres y niños.  La mirada triste de mis hijos al llegar había perdido el gesto de asombro de la de sus abuelos.  Fastidiados, asustados, desprotegidos, esperando volver a su tierra “el año que viene” encontraron en mi mano segura la ayuda necesaria para sobrenadar al destino.  Venían a casa todos los días; intercambiaban las últimas noticias, discutían de política, de ideales, repensaban lo que fue, proyectaban lo que seria. Organizaban mítines intentando difundir su causa por todo el país.  Generaron desde aquí una utopía magnífica, una Camelot colosal entre el Cantábrico y el Pirineo a la cual volverian a terminar sus días protegidos del cierzo de la injusticia.  La añoranza fue su marca; al contrario de sus abuelos, se asimilaron a regañadientes a la vida en el destierro y a pesar de si mismos, de un año a otro y de regreso frustrado en regreso frustrado, fueron echando con timidez las primeras raíces.  Lograron posiciones acomodadas en una “clase media” que era la novedad de la época, creando sólidas familias que en pocos años me llenaron la casa de nietos.  Saben amigos, de estos hijos aprendí que el tiempo es el gran moderador del ciclo de la vida: siempre sentí que algún día me dejarían y sin embargo nunca me abandonaron.  Fueron muy nobles conmigo.  Como todo vástago bien nacido, estos y los suyos me dieron muchos de los mejores recuerdos que tengo y que me acompañaran hasta el fin de los tiempos.  Sobrecargados de nostalgia, digiriendo su cotidiana pieza de pan triste, desplegaron desde aquí la actividad más intensa en pro de la difusión de lo vasco que jamás se hubiera visto.  Conferencias, bailes, banderas, publicaciones, entrevistas con notables, instituciones dentro de las instituciones, música, discusiones, aportes de dinero, grupos de teatro, libros, canciones, discursos a modo de arengas, no hubo cosa que dejaran de hacer para defender su ideal.  Más de una vez fueron demasiado vehementes pero, fueron mis hijos, eran grandes de alma y no voy a ser yo quien los juzgue.  Lucharon toda su vida por una quimera y la realidad, que siempre se encarga de desvestir a los sueños, fue mezquina con ellos.  El “laurak bat”, ese sentimiento tan nuestro, esa memoria de convivencia que se pierde en los tiempos, no pudo llegar a ser en la Tierra Prometida; al árbol le faltaron ramas, o a las ramas les faltó el árbol…tanto resulta uno como lo otro.

A pesar de cierto sabor amargo, ya entrando en los años maduros y un poco cargado de hombros, estoy ahora más reconfortado. El tiempo me ha convencido de que mi espíritu, lo mismo que el del Pirineo, el Cantábrico, el Ebro o el Adour, es más grande que el de los hombres que hacen la historia.  Algún día el árbol tendrá todas sus ramas y alli estaré yo como fiel testigo de la consumación de nuestro destino.  Acepten, por favor, la jactancia, amigos, con lo que llevo vivido siento que tengo autorizada la palabra.  Me cuesta comprender lo que sucede del otro lado del mar y prefiero tomar un solo partido: el de la paz. La paz, ¡ cuántas vidas hubiéramos salvado en ciento treinta años de haber sabido recorrer todos ese camino !

Vamos llegando al final.  Les conté estas cosas porque los tengo por personas enteras; se que sabrán valorarlas, atesorarlas y transmitirlas a los que vendrán. 

Aunque ya no me gusta tanto el bullicio, acepto complacido el de mis bisnietos. Me gusta como son, su frescura, su desparpajo, su no atadura a lo convencional. En general me respetan aunque a veces se pasan y yo me hago el distraido.  Son argentinos de estirpe vasca.  Quinta y sexta generación en el tiempo pero primera sin congojas ni pasiones extremas. Creo que, por fortuna, su pensamiento es plural y eso es bueno.  Lo que si puedo ver con claridad es lo que sienten: “todos uno”.  Son muchos y han sabido estrechar lazos de amistad con cuanto pariente, cercano o lejano han encontrado.  Hoy todo es distinto que antes, más rápido, más breve. Ya pasaron los tiempos de la visita diaria.  A veces son solo algunos, otras me llenan la casa de gente que conozco poco pero cuyo sentimiento es igual al mio. ¡Bienvenidos siempre!

Debido a mi edad me agasajan y lisonjean.  No les voy a decir que no me gusta si bien, como todo anciano, me voy ensimismando de a poco. Percibo que, sin dejar de estar, me voy alejando y adquiriendo una dimensión extraña, como si el tiempo y el espacio me fueran dados de una manera distinta.  Hay hechos que recuerdo poco y otros que me siguen permanentemente.  Pasan ante mi tantos momentos vividos y tantas personas conocidas que a veces se me mezclan y tengo que hacer un esfuerzo para colocar a cada uno en el lugar que corresponde.

A pesar de todo nunca claudicaré. Ciento treinta años de alegrias, tristezas, reparos, certezas, concordias, luchas, democracias, dictaduras, llegadas, partidas, uniones, separaciones, escollos e impulsos, macerados en tantas estaciones de frios, secas, lluvias y calores, han sido el caldo donde mi existencia tomó su temple.  Siento que el destino me trajo al mundo para ser a la vez faro y refugio, asi que seguiré adelante con la ayuda de Dios.

Le debo mucho a la vida, especialmente el regalo de todos los de mi sangre, ¡ mi familia grande ! Hoy le toca a estos jóvenes asi como en su momento le tocó a mis jóvenes padres. Aquellos iniciaron el camino correcto; guiaré y cobijaré a estos para que lo continúen.

Ojalá que hagan bien las cosas porque en ellos tengo depositados todo mi cariño y confianza…

laurak bat

 

 
     
 
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