MISCELÁNEA

San Ignacio de Loyola

SAN IGNACIO DE LOYOLA Y EL IDIOMA VASCO (*)

Por Jorge de Aguirre, S.J.

Extraño suele parecer a algunos que conservándose tantos escritos del gran Santo vasco Ignacio de Loyola, no se encuentre entre ellos ninguno en su lengua nativa. Y fundados, sin duda, en esta falta de documentos escritos, han llegado hasta a dudar de si el Santo sabría hablar la lengua de su tierra, el milenario euskera.

Ninguna duda más infundada que ésta, porque ni la falta de documentos de San Ignacio escritos en vascuence debe extrañar a nadie; y mucho menos puede deducirse de ella consecuencia tan descabellada.

Se conservan muchas cartas de San Francisco de Xavier escritas en castellano, en portugués, en latín y ninguna en euskera; y sin embargo, sabemos por el testimonio del mismo gran apóstol, que ésta era su lengua nativa; y nos consta que hasta su muerte la conservó, y que en ella, en euskera, dirigió a Dios sus últimas plegarias en la isla de Sanchón, a las puertas del gran imperio chino.

Aun hoy, después de haberse extendido tanto la costumbre de escribir en vascuence, ¿no conocemos centenares y millares de euskeldunes que ni una sola carta escriben en su lengua nativa? Por irracional y dolorosa que sea, es muy frecuente en estas tierras el caso de la madre que para manifestar a su hijo ausente los sentimientos de su corazón y las nuevas de la familia, acuda a un interprete que escriba en castellano lo que ella dice en vascuence; y que el hijo, a su vez, al recibir la carta de su madre, se la dé a un compañero, para que se la traduzca al euskera. Y si ahora sucede esto, figúrese el lector cuanto se escribiría en vascuence en tiempos muy anteriores a "El imposible vencido" (1), de un hijo de San Ignacio, cuando era voz común entre los escritores (por supuesto, desconocedores de lo que afirmaban), decir del euskera, que era lengua inculta, bárbara, incapaz de gramática y de ser reducida a reglas.

Esto por una parte, y por la otra la índole de las empresas que dirigía el Santo de Loyola, empresas que tenían por blanco la glorificación de Dios en todo el mundo, hicieron que, aunque el Santo profesase un amor ardiente a la tierra que le vio nacer, y confesase que tenia "particular obligación de comparecer y ayudar a sus paisanos" (2), no dejase, que sepamos, ningún escrito en su lengua nativa.

SAN IGNACIO ENTENDIENDOSE EN EUSKERA CON SUS HIJOS

Con todo, a pesar de esta falta de documentos escritos, la historia es la que nos presenta a San Ignacio de Loyola utilizando el euskera para entenderse con sus hijos y para instruir en la doctrina cristiana a sus paisanos. Vamos a verlo.

El primer jesuita que envió San Ignacio a España, y el primero a quien nombró Superior de sus hijos residentes en ella, fue el bregares P. Antonio de Araoz. Era este Padre muy estimado del Santo Fundador y de su entera confianza; y además de las dotes de gobierno que le hacían a propósito para el cargo de Superior, predicaba con extraordinaria aceptación y fruto, y sus sermones y método de la vida fueron la mejor propaganda de la naciente Compañía de Jesús en Barcelona, Valencia, Valladolid y demás poblaciones que recorrió.

Por lo que a los vascos toca, debemos agradecer a nuestro Santo paisano el haber escogido para primer predicador de la Compañía de Jesús, en la que llamó Provincia de España, a un Padre que, sin dejar de alimentar con el pasto de la divina palabra en su propia lengua a los de habla castellana, pudiese proporcionar igual consuelo a nuestros antepasados predicándoles en euskera. Porque el P. Araoz, cuando predicaba en Euskalerria, lo hacia "a algunos en romance, a otros en latín y muchas (pláticas o sermones) en vascuence" (3).

Y era natural que cuando hablase con su Santo Padre "os ad os" lo hiciese no pocas veces en euskera; y al escribirle, siguió, es verdad, la costumbre de hacerlo en castellano; pero cuando quería que sólo el Santo le entendiese, sabia desorientar a los demás lectores intercalando alguna palabra o frase en euskera.

Asunto muy delicado en los primeros tiempos de la Compañía de Jesús en España fue el de si habían de ser admitidos en ella los cristianos nuevos, o sea los convertidos o los próximos descendientes de judíos o mahometanos. Tan mal vistos eran en aquellas regiones los cristianos nuevos, que, hablando de la fundadora del Colegio de Córdoba, aseguraban a San Ignacio que "la marquesa de Priego querría que todos (los jesuitas) que hubiesen de ir a Córdoba fuesen vizcaínos", es decir, inmunes "ab omni cum novis christianis commixtines", como dicen los editores de "Monumenta Historica S.J.", libres de todo parentesco con los cristianos nuevos (4). El P. Araoz, como Provincial, tuvo que intervenir en estos asuntos y emitir alguna vez su opinión; pero, para hacerse entender del P. Ignacio y desorientar al P. Polanco, Secretario de la Compañía, y a otros a quienes tal vez pudiese herir la opinión emitida, le habla de esta manera: "Padre, hasta estar la Compañía algo conocida y fundada en Castilla, parece muy conveniente mirar sobre recibir gente verriac, porque para muchos sólo eso (ya) es veneno" (5).

¿Consiguió Araoz con emplear gente verriac en vez de cristianos nuevos lo que pretendía, es decir, hacerse entender del de Loyola y despistar a los otros? Suponemos que si (6).

También en otra ocasión oculta el Padre Araoz su pensamiento a los demás y se lo descubre a San Ignacio en vascuence. Hablando de cierta resolución tomada en un asunto del P. Simón Rodríguez, se expresa así el de Vergara: "aunque las causas principales eztitut scrivicen por buenos respetos". Aunque pocas y breves, bastan estas palabras y frases para hacernos ver que San Ignacio se entendía con sus hijos en vascuence. ¿Prueban que sabía mucho vascuence? Difícil es deducir la respuesta; pero si se puede asegurar que Araoz sabe que su Padre entiende el euskera. Y nosotros podemos añadir que supone que San Ignacio sabía más vascuence que el vascongado a quien los editores de la carta pidieron la traducción de esa frase euskerica. Pues en nota a eztitut scrivicen, dicen: "Id est; nequeunt scribi: hoc enim significant illa verba Cantabronum lingua, Ignatio et Araozio vernacula". Eztitut scrivicen, es decir "no se pueden escribir, que esto significa aquellas palabras en la lengua de los cantabros, la lengua vernácula de Ignacio y Araoz", dicen los editores, pero se equivocan; porque aquellas palabras no significan no se pueden escribir, si no, no las escribo.

Estos datos que los editores de "Monumenta Historia S.J.", comentan afirmando sin ambages que la lengua vernácula del Fundador de la Compañía de Jesús era el euskera, además de la fuerza probativa que tienen, nos dan fundamento para presumir que San Ignacio en el trato con sus hijos esukeldunes haría muchas veces uso de la lengua nativa.

No deja de ser significativo a este mismo respecto que el confesor tal vez mas querido y con quien mejor se entendía el Santo de Loyola fue un Padre Eguía vasco, natural de Estella, pero no de la Estella "erdeldun" de hoy, sino de la Estella netamente euskeldun de aquellos tiempos.

¿Cultivo también el euskera durante su juventud? Claro que si, porque si no, no la hubiese conservado. No se nos diga que su juventud la pasó en Arévalo, donde era imposible conservarla. Pues aunque sea verdad que, siendo joven, tal vez niño, vivió en aquella población castellana, no hay que pensar que no pasase temporadas y tal vez muy largas en casa de sus padres y hermanos. Cuando en los procesos de canonización de Azpeitia dicen los azpeitianos y azcoitianos: "que el dicho Ignacio de Loyola, siendo ya mancebo de alguna edad, brioso y de altos pensamientos, muy ejercitado en todo genero de armas, fue enviado de sus hermanos a la corte de los Reyes Católicos…" (7), parecen indicar que vivía con ellos.

Ni se vaya el lector a figurar, conjeturando por lo que ahora se ve en muchos casos y casas, lo que entonces sucedería, que los de la casa de Loyola, por los lazos de parentesco y amistad que los unían con don Juan Velásquez de Cuellar y otros caballeros castellanos, despreciaron y olvidaron la que llamaban su propia lengua (8), que Ignacio aprendió de su nodriza y de sus hermanos de leche en el caserío de Eguibar, lo que le enseñaron sus padres y hermanos en Loyola y la que cultivó en su trato con sus paisanos.

SAN IGNACIO PREDICANDO EN EUSKERA

En EL año 1535, a los 44 de su edad, vino San Ignacio de Paris a su pueblo natal, a recobrar su salud y arreglar de paso algunos negocios de sus compañeros.

Entrando en Guipúzcoa, al detenerse en la venta de Iturriotz, cerca de las alturas de Ernio, en el euskera que hablaba, nos dicen los autores de la Vida bilingüe de San Ignacio, conocieron los de la venta que aquel huésped desconocido era del país, y en euskera serian sus primeros saludos y conversación con su hermano de leche, Eguibar, que le reconoció como hijo de Loyola.

Durante su estancia en Azpeitia predicó muchas veces enseñando al pueblo la Doctrina cristiana, explicando el Credo y los Mandamientos de la Ley de Dios, a veces en el Hospital de la Magdalena, otras en la Iglesia Parroquial, y también, el lunes antes de la Ascensión del Señor, en Elosiaga. "Las gentes acudían en mucho numero, de tal manera que delante de la Iglesia de la Magdalena, con haber mucho sitio, se ocupaba de gente, y muchos subían por las paredes y árboles a le oír. Venia gente de Cestona, Regil, Vidania, Beizama, Albistur y hasta de Tolosa a escucharle", dicen los testigos en los procesos de canonización. Y el fruto que hacia su predicación era extraordinario en la instrucción y enmienda de costumbres.

¿Y predicaba en euskera? Evidente que si. Y a quienes pensaban de otra manera, les diría el Santo: ¿También vosotros estáis sin entendimiento? Porque San Ignacio al predicar a sus paisanos, no pretendía lucir sus conocimientos de la lengua castellana, en la que penosamente se expresaba, sino instruir, enseñar y hacer fruto en sus oyentes, compuestos en su mayoría de sencillos habitantes de los caseríos de Azpeitia y pueblos comarcanos a quienes era imposible enseñar a no ser en Vascuence.

¿Qué los testigos que declaran en los procesos nada dicen de esto? Ni tiene por qué decirlo; pues ni se les preguntaba en que lengua predicaba, ni era necesario preguntárselo.

¿Se nos dirá que San Francisco de Borja, por ejemplo, predicaba aquí en castellano y hacia muchísimo fruto? Es verdad; pero adviértase que los historiadores hacen notar que hacia fruto a pesar de que no le entendía; y que cuando quería hacerse entender (y siempre), iba acompañado de algún interprete. Además, si hemos de creer a los editores de las "Cartas de San Ignacio", San Francisco de Borja en los once meses que hizo en Guipúzcoa "aprendió en aquella dificilísima lengua (el vascuence) lo bastante para hacerse entender de aquella gente sencilla"(9). El P. Francisco de Borja era santo, estaba lleno de celo por la salvación de las almas, sabia que era imposible enseñar, si no es en vascuence, a aquella gente y no nos cabe duda, de que hizo todo lo que pudo para manejar esta arma, la única eficaz para el fin que pretendía cuando quería instruir.

Algunos, algo más conocedores de la historia de aquellos tiempos, urgiendo la dificultad, seguirán diciendo que muchos sacerdotes y en muchas Iglesias de estos pueblos se predicaba en romance. Sin admitir del todo, ni rechazar de plano la afirmación, diremos que con esa predicación nada aprendía el pueblo. No somos nosotros; son los Prelados de aquel tiempo los que lo dicen.

Los predicadores de estas provincias siempre tuvieron que hacer sus estudios en lenguas distintas del euskera; y esta su lengua nativa, fuera de algunos casos raros, apenas la cultivaban. Y, al llegar a los pueblos a quienes tenían que adoctrinar, se encontraron con la dificultad del idioma. Algunos superaron esta dificultad, no sin grande esfuerzo personal. Otros que, o no tuvieron suficiente fuerza de voluntad y celo para imponerse ese trabajo, o despreciaron el cultivo de la lengua de la tierra, porque no rendía tanto fruto de honra y de aplausos como el empleo de otros idiomas, hicieron uso de éstos en su predicación al pueblo euskeldun. Pero sin fruto ninguno de instrucción religiosa, como decíamos antes. Y San Ignacio no quería honra ni aplausos, sino instruir y llegar al corazón. Este fruto pretendía y este fue el que obtuvo, no cabe duda, predicando en euskera.

Corroboraremos estas ideas con el siguiente hecho:

Fue elegido Obispo de Calahorra por el año 1545, don Juan Bernal Díaz de Lugo y, primero desde Valladolid y luego desde Trento, pidió y suplicó a San Ignacio le enviase predicadores jesuitas para su grey vascongada; pero predicadores, le decía que sepan vascuence porque "V. m. esta informado de la gran necesidad que en aquella tierra (en la de San Ignacio) hay de doctrina, y de la imposibilidad que hay para que allí se puedan plantar sino por personas naturales de la misma lengua, y de la falta de eclesiásticos vascongados que puedan y quieran aplicarse a predicar por aquella tierra…; no hay en el mundo provincia a quien V. m. sea tan obligado…". No replica nada San Ignacio a estas afirmaciones como hubiera replicado si la experiencia propia en Azpeitia no le hubiese enseñado aquello mismo; y accediendo a los deseos del celoso Prelado a quien llama "ángel de los vascongados", concede que está obligado muy especialmente a ayudar a sus paisanos: hace que el P. Miguel Ochoa, navarro, que hablaba el euskera, salga de Italia, donde el Señor confirmaba su predicación hasta con prodigios celestiales y la recompesaba con extraordinarios frutos, y tome el camino para estas tierras. Y con el P. Ochoa envió al P. Francisco de Borja, el que había sido Duque de Gandía, advirtiendo que, aunque no poseía la lengua necesaria para la predicación, "podría ayudar a la edificación de las ánimas", como en efecto ayudó.

El P. Ochoa cumplió muy bien los deseos del Sr. Obispo de Calahorra, predicando en vascuence a sus diocesanos y a los del Señor Obispo de Pamplona. Pronto tuvo este santo y celosos Padre coadjutores y sucesores en esta labor evangélica; y los hijos de Ignacio, primero desde Oñate y después desde Azcoitia, Loyola, Lequeitio, San Sebastián, Bilbao, Pamplona, Vergara y otras muchas poblaciones trabajaron por satisfacer los deseos de su Santo Padre de salvar las ánimas de sus paisanos, deseos que manifiesta en las primeras líneas de la carta escrita desde Roma a su pueblo de Azpeitia, y con las cuales queremos dar fin a este trabajo: "Su divina Majestad sabe bien cuánto y cuántas veces me ha puesto en voluntad intensa y deseos muy crecidos, si en alguna cosa, aunque mínima, pudiese hacer todo placer y todo servicio espiritual en la de su divina bondad a todos y a todas naturales de esa misma tierra, de donde Dios nuestro Señor me dio, por la su acostumbrada misericordia, mi primer principio y ser natural, sin yo jamás la merecer ni poderle gratificar".

La sed de la mayor gloria de Dios no apagó en el alma de nuestro gran Santo el amor tiernísimo a su tierra que revelan estas palabras. Y es que la santidad no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona.

 

(*) Trabajo aparecido en "Yakintza" (Num. 16. Año 1935. Pag. 270-277), trascripto de la "La Gran Enciclopedia Vasca".

(1) Tan extraño parecía aun casi dos siglos después de San Ignacio el reducir a reglas el vascuence que el P. Larramendi S.J. al ofrecer la indicada gramática intitulada "El imposible vencido" a la M. N. y M. L. Provincia de Guipúzcoa, la califica de "obra que la envidia ha contado siempre en los países de las quimeras e imposibles".

(2) Mon. Hist. S.J. Ep. mixt. 3, 319.

(3) Cartas de San Ignacio, t. 2, pag. 569.

(4) Ep. mixt. 3, 556.

(5) Ep. mixt. 1, 241 y 242.

(6) Logró por lo menos desorientar a los editores de la carta que a la palabra verriac ponen esta nota "id vasconice est", nueva, joven, moza; nova juvenil. Y parecen no haber entendido que se habla aquí de cristianos nuevos y no de gente moza, joven. La palabra berria nunca significa joven, mozo, moza, sino nueva.

(7) Mon. Hist. S.J. Mon. Ignat. Serie 4ª, t. 2, pp. 249, 256.

(8) De Doña Marina de Loyola "sobrina del Padre Ignacio, hija de su hermano, y que estaba por cabeza en la casa de Loyola" (Mon. Hist. S.J. Mon. Ignat. Serie 4ª, t. 2, pag. 759), dice doña Leonor de Oñaz y Loyola y Borja "que su propia lengua (de doña Marina) era vascuence" (Ibid. pag. 760)

(9) Cartas de San Ignacio, t. 3, pag. 49, 50 nota.

 

 

 

 
     
 
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